martes, 23 de marzo de 2010

Boca en la tierra

Nos dejaron las balas
y un enjambre de abejas
ése fue su tesoro y una noche oxidada.

Nos alzaron en brazos
descubrimos planetas
nos creímos tan fuertes como héroes de guerra.

Y en mitad del relámpago llegó el mal de altura
fuimos sed en el aire pero boca en la tierra.

Ahora alumbras las horas
con guiños que se escapan
cubriendo el recuerdo con bandejas de plata.

Y nos echamos tanto de menos
que nos da por despegar
en avenidas de pegamento, clavados por las rodillas.

Y en mitad del relámpago llegó el mal de altura
fuimos sed en el aire pero boca en la tierra.

La antena está abierta esperando una señal
la señal que no llega a esta sala de espera es una eternidad.

Y el tesoro perfecto lo cubrió la tormenta
con aviones cruzándose en la noche más negra.

Y en mitad del relámpago llegó el mal de altura
fuimos sed en el aire pero boca en la tierra.




Vetusta Morla (tema inédito).

jueves, 18 de marzo de 2010

La casa de los huesos

Sólo con pisar el vestíbulo de la casa Batlló ya sientes que te encuentras en otra dimensión. La escalera se retuerce como si fuera una serpiente y la barandilla, de madera perfecta, parece haber salido tal cual de un frondoso bosque para ser colocada, sin dañarla, en ese preciso lugar. Lo mismo ocurre con la chimenea.

Antoni Gaudí (1852-1926) construyó este espectacular edificio modernista por un encargo de la familia Batlló. El inmueble, propiedad de Josep Batlló, un importante profesional de la industria textil, fue construido en 1877 pero no sería hasta 1904 cuando su propietario le pidió a Gaudí que lo reformara por completo. Esta adinerada familia catalana quería vivir en un emplazamiento único (el Passeig de Gracia) y ser admirada, desde la calle, por la burguesía que los domingos paseaba tranquilamente por la Barcelona industrial de principios de siglo.

Por eso, el salón principal de la Planta Noble cuenta con un espectacular ventanal, para ver desde dentro y ser visto desde fuera. Llama la atención la ausencia casi total de columnas, lo que otorga a las estancias una maravillosa sensación de amplitud. Para Gaudí era importante la luz, pero también el viento, por eso, la ventilación se convierte en una de sus obsesiones y la mayoría de las puertas cuentan con rejillas para que fluya libremente el aire en toda la casa.

Si nos detenemos en los techos observamos cómo se asemejan al lecho marino: suaves ondas que culminan en la luz (la lámpara) y que van recorriendo toda la superficie superior, hasta desembocar dulcemente en los marcos de las puertas.

El patio interior, donde se encuentran ubicadas las escaleras, también rompe con los cánones establecidos. En lugar de ser oscuro y pequeño, Gaudí dispuso pequeños azulejos azules, que aumentan de intensidad según asciendes las plantas, en una nueva alusión al mundo marino. Para contribuir a dar amplitud, las ventanas y balcones, también siguen un orden decreciente de tamaño, de abajo hacia arriba. En los descansillos, el arquitecto colocó prismas transparentes para dar mayor sensación de luminosidad.


Y según ascendemos llegamos a unos de los epicentros del edificio: la terraza superior. Las chimeneas, todas, sin excepción, dejan de ser elementos aburridos e inanimados y cobran vida. Adornadas con diminutas piezas de cristal, a modo de mosaico, y con dibujos como flores, consiguen cobrar vida cuando les baña la luz mediterránea. Dependiendo de la hora del día, la gama de tonos cambia: de los verdes, a los azules, sin dejar de lado los tonos anaranjados.

Así sucede con el mágico lomo de enorme criatura que Gaudí diseño para albergar el depósito de agua, toda una oda al mundo animal.

Y si la terraza era uno de los epicentros, el otro es la fachada principal. Balcones que parecen enigmáticas máscaras de carnaval y por supuesto, el gran ventanal del salón principal, atravesado por extrañas columnas que parecen huesos (de ahí el nombre popular de "La casa de los huesos"). Por todo ello, no es de extrañar que fuera declarada Patrimonio de la Humanidad, por la Unesco, en 2005.

domingo, 14 de marzo de 2010

Efectivamente

Todos mis temores fueron infundados. Esquiar es como montar en bicicleta: nunca se olvida. Eso sí, alguna caída ha habido... Estoy agotada pero no quiero dejar de compartir con vosotros, antes de irme a dormir, un pedacito de esta maravilla llamada Formigal. Bona nit :)



viernes, 12 de marzo de 2010

Como montar en bicicleta

Hace diez años que no esquío. La primera y única vez que me calcé las tablas y los bastones tenía 15 años y fue en Andorra, en un viaje de instituto. El curso duró una semana y reconozco que los tres primeros días tenía un miedo tremendo a la velocidad que cogía bajando las pendientes. Los dos últimos días me solté, gracias al monitor argentino que nos dijo, a mi hermana y a mí: "Parece que van mirando escaparates". Me fastidió tanto que bajé como una bala y ya no dejé de correr.

El caso es que ahora, diez años después, Aramón nos invita a esquiar este domingo y no dejo de pensar en cómo se ponía la cuña. Y digo "nos invita" porque incluyo a unos cincuenta alumnos y antiguos alumnos del postgrado Experto en Información Económica, que organiza Fundear y la Universidad de Zaragoza (un poquito de publicidad gratuita como muestra de agradecimiento :)).

Pero volvamos a lo que me preocupa: la cuña. No dejo de visualizar la posición en mi cabeza. La clave en la vida es saber frenar a tiempo. O haces la cuña o frenas con tu cuerpo en la nieve... Prefiero la opción A. Menos mal que mi hermana sabe tranquilizarme y me dice: "Tranquila tata, que esto es como montar en bicicleta. Nunca se olvida". Os contaré el lunes.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Teardrop

Water is my eye,
most faithful mirror
fearless on my breath.
Teardrop on the fire,
of a confession
fearless on my breath.