miércoles, 15 de junio de 2011

¿Por qué, Erika, por qué?

Ay, Erika, ¿cómo empezó el desmoronamiento? No me lo dijiste nunca, pero fueron tus celos. Jamás me perdonaste mi afecto por la cajita de cigarrillos Senussi que traje de mi único e inesperado viaje a tu país, a donde no pudiste acompañarme. ¿O fue mi amor por el espejo del tocador de mi madre? Pero debiste saber que yo me enamoro mucho de las cosas: son más fieles que los hombres; no necesito explicártelo, a ti precisamente. El caso es que empezaste a tartamudear, a trabucarte hasta que, un día, en mitad de una frase apasionada, te negaste a seguir. Me hirió una puñalada, me traspasó la soledad.

Te arreglaron, pero no volvió a ser lo mismo. Además, nos habíamos hecho viejos. En el taller de reparaciones te miraban burlonamente y, al fin, un obrero descarado decretó que ya no se fabricaban piezas para tu modelo y que más valía dejarte. Fue también por entonces cuando el sargento de la guardia civil, ante quien se pasaba la revista militar, me dijo que ya no tenía que volver más. Era nuestro final.

Imagen: Guillermo Cárcamo.

Me trasladaron y te dejé en casa. Aquí me entregaron una eléctrica, pero no es mía. No pulsa con mis dedos vivos, sino con su motor. Y ahora, tras esos dos días sumergido en el aire de mi vida pasada, te evoco enterrada en el caserón de mis padres, ese mausoleo en ruinas de nuestro amor, tumba de mis ilusiones. ¿Recuerdas cuando yo me inclinaba sobre ti apasionadamente, dándote los latidos de mi pecho y escuchando el golpeteo de los tuyos...? ¡Ay, Erika, Erika!, el tiempo, esa erosión implacable... ¿para eso nos nacen? ¿Por qué, Erika, por qué?

José Luis Sampedro. Mientras la tierra gira.