miércoles, 17 de agosto de 2016

Notas de un diciembre cálido


Los volcanes dormían cuando llegó a la isla. Pero era un sueño ligero, duermevela. Observaban cómo la joven recorría sus laderas, sin hacer ruido para no despertarlos. Esta vez no huía de nada. Volvía para verlos, para reecontrarse con esa parte que dejó aquí. Más libre, más valiente y salvaje. Llevaba en su ADN el genoma de la isla.

Ya de día, el verde esmeralda cubría delicadamente las faldas de las montañas. Incluso algunas piedras volcánicas estaban cubiertas por este color, como si en invierno se taparan ante un frío casi inexistente, que solo se nota cuando cae el sol o el viento arrecia. Hasta los desafiantes riscos parecían haber perdido parte de su fiereza por el tono verdoso que los recorría. Lanzarote es rojo, azul y negro, pero también verde en invierno. Son los misterios que le desvela la isla de la que pensaba que conocía todo.

Las olas del mar mecen sus pensamientos, absortos en nada, solo en sentir.

Lanzarote, diciembre de 2015.